[BQC] EL HOMBRE QUE OBRABA BIEN ; CONSECUENCIAS DEL KARMA


EL HOMBRE QUE OBRABA BIEN y CONSECUENCIAS DEL KARMA son los títulos de dos nuevos cuentos.

Espero que los disfrutes.

EL HOMBRE QUE OBRABA BIEN (por Amrit Nam Kaur)CONSECUENCIAS DEL KARMA (CUENTO TIBETANO)

Había una vez una persona tan buena, tan buena, tan buena, que estaba empeñada en cambiar el mundo por el bien de la humanidad. Así que un día se lió la manta a la cabeza y salió a la calle para llevar por el buen camino a cualquier persona que no obrara bien.

Se cruzó con un hombre que se estaba tomando una copa en un bar y le convenció de que el alcohol era malo, luego se cruzó con un fumador y le dijo que el tabaco mataba, con unos jóvenes que se estaban comiendo una hamburguesa y les sermoneó sobre lo malo e incorrectamente ético que era comer carne, a una madre que estaba retirando el envoltorio de una piruleta y dándosela a un niño le advirtió que el azúcar era veneno puro. Y así, poco a poco fue convenciendo a todo aquél que se cruzaba con él de lo erróneo de sus vicios, hasta cruzarse con un niño que se encontraba arrancando unas flores en un jardín.

– “¡Niño, no arranques flores! ¡No ves que ellas también tienen derecho a vivir!”

El niño de repente se tornó pálido y se echó a llorar desconsoladamente.

“¿Pero por qué lloras? ¿Es porque te has dado cuenta de tu mala obra?”

“No señor, lloro por usted”.

“¿Por mí?”

– “Sí, porque cuando le diga por qué estoy llorando, usted se va a dar cuenta de que el que ha obrado mal es usted. Así que, como no quiero que se sienta mal no se lo diré”.

Y el niño se alejó por un caminito ante la atónita mirada del hombre. Esta, muerto de curiosidad, decidió seguir al niño hasta que vio como entraba en un cementerio y se arrodillaba ante una tumba para luego decir.

“Lo siento mucho mamá, sé que te prometí que te traería flores todos los días, pero hoy me he enterado de que esta mal arrancar flores porque ellas también tienen derecho a vivir”.

En ese momento, el hombre se dio cuenta de su error. Tan obcecado estaba en que todo el mundo obrara correctamente que olvidó que no todas las cosas son malas, ni siquiera las personas.

Empezó a pensar en la madre que le ofreció la piruleta a su hijo: “¿Y si era un premio por portarse bien?”.

Se acordó del fumador, “Si era su decisión, ¿Quién era yo para decirle nada?”

Y del bebedor “¿Y si estaba ahogando sus penas y yo en lugar de preguntarle el por qué hacía eso, le dije que no lo hiciera?

El hombre se fijó en su propio mal, el intentar cambiar a la gente bajo su propio criterio, sus cánones de perfección y sus puntos de vista. Pero, aunque compartamos ideales, no todos somos iguales, y hemos de aceptar al vecino tal y como es, pues en eso se basa la paz, la convivencia y el amor.

Era una mujer que nunca perdía nada y así lo hacía  conocer a los demás, diciendo jactándose:

“La verdad es que yo nunca pierdo nada.”

“Esa es la verdad.”

El hijo de esta mujer estaba un poco harto de escuchar la misma aseveración de su madre, sobre todo cuando él, que era muy distraído, perdía muchas cosas. La madre le repetía constantemente:

“Hijo, sé más atento. Yo no pierdo nada; nunca pierdo nada”.  

El hijo pensó: “Si mi madre alguna vez perdiera algo no tendría que estar siempre escuchando que  no pierde nada”.

Entonces cogió un anillo de oro de la madre y un día lo tiró a las aguas de un río. Satisfecho  se dijo: “Cuando mi madre descubra que ha perdido el anillo, ya nunca podrá volver a decirme que  no pierde nada. ¡Menos mal!”.

Unos días después, la mujer, que seguía fielmente las enseñanzas de Buda, invitó a comer a algunos de los discípulos del Iluminado. Antes había mandado a uno de sus criados a pescar al río.

Cuando empezaron a comer descubrieron, al abrir uno de los peces, que allí estaba un anillo, que  era, obviamente, el de la dueña de la casa. La mujer entonces dijo:

“Yo no pierdo nada; nunca pierdo nada”. 

Cuando los discípulos comieron y se dispusieron a regresar junto al Buda, el hijo de la dueña de  la casa insistió en acompañarlos. Quería hacer una pregunta al Maestro.  Ante el Buda, el joven comentó:

“Señor, mi madre nunca pierde nada. Estoy intrigado, porque cómo es posible que una persona en  toda su vida jamás pierda nada. Yo, en cambio, me paso los días perdiendo cosas”.

El Bienaventurado sonrió. Habló así:

“Todo tiene su razón de ser, amigo mío. Hoy vas a descubrir quién era tu madre en una anterior existencia. Ella vivía en un pueblecillo en las montañas. Era ya una mujer anciana y muy pobre,  cuando los habitantes de la zona, al llegar el crudo invierno, decidieron ir al valle para no  tener que soportar tan inclementes temperaturas. Pero la mujer tuvo que quedarse allí y se refugió en la cueva de un asceta. Le dejaron a su cuidado las escasas posesiones que cada uno tenía  y ella durante los meses de invierno las custodió cuidadosamente. Cuando volvieron las gentes,  les dio a cada uno lo suyo. Por tales acciones le ha correspondido a esa mujer, en esta vida tu  madre, no perder nunca nada.”

EL SABIO DECLARA:

“A LAS CAUSAS SIGUEN SUS EFECTOS, A LAS ACCIONES SUS REACCIONES,  A LOS ACTOS SUS CONSECUENCIAS.”

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